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El pisito

por danielalcazar @ Viernes, 05. Sep, 2008 - 08:45:52 pm

El primer día que acudes a tu recién estrenado trabajo te das cuenta de lo difícil que sería llegar al lugar donde se enclava la oficina en la capital de la provincia. Y no por la distancia que la separan de tu casa, que cuarenta kilómetros mal contados no son nada en comparación con los que han de cruzar media provincia para ganarse el pan con el sudor de su frente. Más bien la preocupación está en el trasiego que mañana tras mañana debes protagonizar para poder estar a las ocho en punto en tu puesto de trabajo. La responsabilidad siempre te ha perdido y más cuando no está en tu mano llegar a tiempo. Eso te puede y más analizando el trayecto que has de hacer.
Los tres primeros días fueron cortados por el mismo patrón en relación al sufrimiento, si es que se le puede denominar así, que padeces desde que sales de tu casa a las seis y media de la mañana. Si, parece demasiado temprano pero es real como la vida misma. El despertador suena a las seis en punto y saltas de la cama para pasar por el baño, tratar de desayunar algo y vestirte para salir corriendo y dirigirte a la estación de autobuses. Estación que no está cerca que digamos, a dos kilómetros que piensas recorrer en autobús pero te das cuenta que el primero que cubre ese trayecto no pasa hasta pasadas las siete de la mañana. Así que optas por hacer esos dos kilómetros caminando, la mejor manera para ahuyentar el sueño que aún padece tu cuerpo y tu mente. Llegas a la estación faltando cinco minutos para las siete, el tiempo perfecto para subir en el autobús que te llevará directo a la capital en unos treinta y cinco minutos. Pones los pies en la gran ciudad y bajas las escaleras mecánicas todo lo rápido que puedes para coger el primer tranvía que del intercambiador salga con dirección a tu oficina. La suerte es que te deja en la misma puerta y que sale con una frecuencia de cada siete minutos. Subes y a escasos minutos de las ocho de la mañana estás atravesando la puerta de la oficina deseando los buenos días a los compañeros.
A simple vista no parece tan grave hasta que al tercer día te das cuenta de que el sueño es el sueño y cuando éste se ve alterado tu rendimiento disminuye sin que puedas evitarlo. Y estar en un trabajo vegetando no se ha hecho para ti. No has sido programado para ello. Es en ese momento cuando reflexionas y piensas en posibles alternativas. La de venir con algún compañero de trabajo estaría bien, se llegaría a un acuerdo económico sobre el combustible y santas pascuas. Pero por desgracia los compañeros son del núcleo urbano capitalino y alrededores. La residencia más alejada es la tuya. Pasas al plan B. Localizar a alguien de oficinas de tu zona que le convenga hacer una permuta. De buena tinta tienes conocimiento de cuatro casos a los que les pudiera interesar el cambio. Hallas sus números de teléfono, se lo comentas pero no parecen ser entusiastas de esa permuta que se queda en agua de borrajas.
Todas las opciones se convierten en punto muerto. En callejones sin salida. Hasta que tomas la solución más radical de todas. Un piso. Sí, alquilar un piso en la capital que te permita levantarte algo más tarde, trabajar sin estar bajo los efectos de esos madrugones aparte de sopesar el gasto económico que estás haciendo en bono buses y tickects de tranvía. Haces un cálculo y no te parece una idea tan descabellada como algunos creen. Solamente queda pasar a la acción y localizar un piso amueblado, cerca de tu zona de trabajo y a buen precio. Entras en Internet, ese mundo virtual que todo lo tiene, y te pones a buscar como un poseso. Hallas alguna que otra posibilidad que no te desagradan, harían falta vez las condiciones que imponen las inmobiliarias, esas que tienen la sartén por el mango. Consigues comunicarte con ellas pero no te terminan de convencer. Te sientes como un diminuto pez en la inmensidad de la marea del mundo de negociantes sin escrupulos.
Cuando casi has desistido y te resignas a un periodo de autobuses y tranvías con cara de trasnochado, una idea viene a tu mente. Ojalá la hubieras tenido antes. Recuerdas en el piso que tenía de alquiler cuando os conocisteis. Ese que estaba a unos minutos caminando de la oficina. No habías reparado en ello. Hace más de un año que ha dejado ese piso, justamente cuando volvió a casa de sus padres. Y no estaba mal. Medianamente amueblado, a muy buen precio, casi céntrico, bien comunicado con el resto de la ciudad. Y por si fuera poco, estabas medianamente acostumbrado a él. A su cocina con su solana, a su salón comedor donde tantas películas visteis adormilados al calor del sofá, a sus tres habitaciones con armarios empotrados. Sería la solución perfecta. Pero no tienes el número de teléfono de la propietaria. Ni sabes si lo tendrá disponible como mínimo para los seis próximos meses.
Habrás de esperar a que regrese de sus vacaciones. El número seguramente esté anotado en su agenda. Te lo dará sin problemas. No te puede negar nada que pidas. Y la misma noche que está de vuelta se lo comentas y accede de muy buena gana poniendo una condición que no estás en situación de negar. Se irá contigo…
Después de sobreponerte y asimilar la idea de vivir juntos, viejo sueño que podría convertirse en realidad, viene el estrés de la mudanza. Coger tus cosas. Sus cosas. La ropa, discos, objetos de higiene personal, papeles, algunos libros. En fin, una interminable lista que se agrupa en las cajas que subes a ese segundo piso capitalino. Y eso que poco a poco vais reuniendo el menaje que os hará falta para iniciar esta nueva fase de la vida que poco a poco se hace camino. Camino iniciado esa noche en la que dormís en la misma cama, haciéndote a la idea de que estará ahí cuando el sol vuelva a salir por el horizonte.

Por el indomable Dani Hunting


 
 

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