Durante el día había notado un extraño picor en la garganta, como un escozor, pero no le otorgó importancia. Quizás se debiera a la salsa de aguacates que había probado la noche anterior y que estaba ligeramente sobrada de ajos. Sin preocuparse demasiado se metió en la cama temprano que al día siguiente había que madrugar para ir a trabajar. Aún faltaba dos días para el fin de semana y el cansancio era ya patente.
A eso de las dos de la mañana se despertó de un sobresalto. Pasó la mano por su frente y percibió que un gélido sudor se había hecho con ella. Tenía todo su cuerpo empapado en húmeda frialdad. La vieja camiseta con la que solía dormir se había adherido a su piel igual que una segunda dermis. Bajó los pies al suelo y sintió la cabeza desvanecida. Un violento mareo provocó que los muebles y paredes de la habitación oscilasen peligrosamente alrededor suyo. Sus brazos se extendieron en busca de firmes puntos de apoyo. El estómago le dolió. Un repentino dolor que quiso romperle el torso en dos. Tragó saliva y vio que su boca era un barrizal de la que escapó solamente un débil quejido. Un leve calor fue ascendiendo por su esófago lentamente e inundando de amarga hiel la cavidad bucal. La naúsea le obligó a levantarse de la cama y abandonar rápidamente la habitación dando tumbos. Esquivó los muebles del salón y del pasillo, enemigos nocturnos que salían a su paso. Dio severos golpes contra la alicatada pared del baño hasta que arrancó luz a la oscuridad. Se arrodilló ante el retrete y cogió el aire que pudo.
Pensó que la sensación de fatiga pasaría pero lejos de pasar comprobó que una convulsión se apoderaba de su cuerpo. La columna se irguió formando una línea recta que hizo restallar cada una de las vértebras que la componen emitiendo un seco y desagradable sonido. Su pecho se ensanchó llegando a doler. Sus costillas no dieron para más y sabiéndose que podrían quebrarse en cualquier momento imitaron el áspero sonido que fue seguido del rejurgitar de un espeso líquido que brotó de lo más profundo de sus entrañas. El esfuerzo, repetido unas cuantas veces más, le hizo derramar lágrimas que se mezclaron con la podredumbre que teñía las bravías aguas del excusado.
Descansó un segundo. El mal que le envolvía le ofreció un respiro del que ignoraba hasta cuando sería. No fue sino el instante en el que arrancó algo de papel higiénico y se secó la comisura de los labios. Acto seguido volvieron los síntomas que predecían un nuevo vómito quizás peor que los anteriores. Poco había en su estómago como para ser expulsado aparte de la bilis y jugos gástricos que desprendidos de las paredes de aparato digestivo quemaban el esófago y el cielo de su boca. Se aferró vigorosamente al borde del water con los dedos que se crispaban a causa del dolor.
Una mano conocida le sujetó la frente con el fin de evitar que a causa de las convulsiones se diera un posible golpe contra la loza del urinario. Percibió el calor de la fiebre que le estaba devorando a ratos. Más tarde se ocuparía de hacerla descender con paños de agua muy fría y un poco de paracetamol. Otra mano le pasó un mechón de pelo por detrás de una de sus orejas. Luego le sostuvo el pecho enchido bajo el cual la estructura ósea palpitaba de forma muy agitada.
De nuevo, una tregua. Un alto en el suceder de las naúseas. Le apretaron contra otro cuerpo junto al cual pudo rendirse. A su lado no había que temer. Cerró los ojos que no habían cesado de llorar y balbuceó incomprensibles palabras que eran más sánscrito que castellano. No hizo falta traductor que explicase el significado de lo que en medio del delirio le quiso decir. Haciéndo caso a su febril petición, pasó uno de sus brazos por la parte posterior de las rodillas. El otro rodeó la cintura y alzó el desmadejado cuerpo en peso. De allí salieron rumbo a su habitación…
Por el indomable Dani Hunting
