• Sácame de aquí

    Durante el día había notado un extraño picor en la garganta, como un escozor, pero no le otorgó importancia. Quizás se debiera a la salsa de aguacates que había probado la noche anterior y que estaba ligeramente sobrada de ajos. Sin preocuparse demasiado se metió en la cama temprano que al día siguiente había que madrugar para ir a trabajar. Aún faltaba dos días para el fin de semana y el cansancio era ya patente.
    A eso de las dos de la mañana se despertó de un sobresalto. Pasó la mano por su frente y percibió que un gélido sudor se había hecho con ella. Tenía todo su cuerpo empapado en húmeda frialdad. La vieja camiseta con la que solía dormir se había adherido a su piel igual que una segunda dermis. Bajó los pies al suelo y sintió la cabeza desvanecida. Un violento mareo provocó que los muebles y paredes de la habitación oscilasen peligrosamente alrededor suyo. Sus brazos se extendieron en busca de firmes puntos de apoyo. El estómago le dolió. Un repentino dolor que quiso romperle el torso en dos. Tragó saliva y vio que su boca era un barrizal de la que escapó solamente un débil quejido. Un leve calor fue ascendiendo por su esófago lentamente e inundando de amarga hiel la cavidad bucal. La naúsea le obligó a levantarse de la cama y abandonar rápidamente la habitación dando tumbos. Esquivó los muebles del salón y del pasillo, enemigos nocturnos que salían a su paso. Dio severos golpes contra la alicatada pared del baño hasta que arrancó luz a la oscuridad. Se arrodilló ante el retrete y cogió el aire que pudo.
    Pensó que la sensación de fatiga pasaría pero lejos de pasar comprobó que una convulsión se apoderaba de su cuerpo. La columna se irguió formando una línea recta que hizo restallar cada una de las vértebras que la componen emitiendo un seco y desagradable sonido. Su pecho se ensanchó llegando a doler. Sus costillas no dieron para más y sabiéndose que podrían quebrarse en cualquier momento imitaron el áspero sonido que fue seguido del rejurgitar de un espeso líquido que brotó de lo más profundo de sus entrañas. El esfuerzo, repetido unas cuantas veces más, le hizo derramar lágrimas que se mezclaron con la podredumbre que teñía las bravías aguas del excusado.
    Descansó un segundo. El mal que le envolvía le ofreció un respiro del que ignoraba hasta cuando sería. No fue sino el instante en el que arrancó algo de papel higiénico y se secó la comisura de los labios. Acto seguido volvieron los síntomas que predecían un nuevo vómito quizás peor que los anteriores. Poco había en su estómago como para ser expulsado aparte de la bilis y jugos gástricos que desprendidos de las paredes de aparato digestivo quemaban el esófago y el cielo de su boca. Se aferró vigorosamente al borde del water con los dedos que se crispaban a causa del dolor.
    Una mano conocida le sujetó la frente con el fin de evitar que a causa de las convulsiones se diera un posible golpe contra la loza del urinario. Percibió el calor de la fiebre que le estaba devorando a ratos. Más tarde se ocuparía de hacerla descender con paños de agua muy fría y un poco de paracetamol. Otra mano le pasó un mechón de pelo por detrás de una de sus orejas. Luego le sostuvo el pecho enchido bajo el cual la estructura ósea palpitaba de forma muy agitada.
    De nuevo, una tregua. Un alto en el suceder de las naúseas. Le apretaron contra otro cuerpo junto al cual pudo rendirse. A su lado no había que temer. Cerró los ojos que no habían cesado de llorar y balbuceó incomprensibles palabras que eran más sánscrito que castellano. No hizo falta traductor que explicase el significado de lo que en medio del delirio le quiso decir. Haciéndo caso a su febril petición, pasó uno de sus brazos por la parte posterior de las rodillas. El otro rodeó la cintura y alzó el desmadejado cuerpo en peso. De allí salieron rumbo a su habitación…

    Por el indomable Dani Hunting

  • Sanjuanada

    La noche sería para ellos dos solos. Disfrutarían de la magia de la noche de junio en un lugar apartado de los demás. Hacía años que tenían la costumbre de reunirse con el grueso de la población en la playa más conocida de la zona. Los conciertos de música celta comenzaban desde el atardecer y finalizaban casi a medianoche, justo en el momento en el que se producía el espectáculo de los fuegos artificiales que arracancaban luz a la oscuridad del horizonte. Ese año sería diferente. Romperían con la tradición y se perderían en algún remoto paraje donde nadie les encontrase. Únicamente ellos dos. Era más que suficiente.
    El lugar no hizo buscarlo mucho. Él lo conocía de antemano. Una cala pequeña a la que se accede bajando con sumo cuidado por unas empinadas y tortuosas escaleras esculpidas en la roca del acantilado. De día la frecuentaban los pescadores de la zona. Por la noche algún hippie queriendo algo de intimidad. Llegaron a ella antes de que se pusiera el sol. La luz diurna les ayudaría a bajar las escalinatas. A la espalda una mochila con algo de comer, una linterna para la subida en plena noche, agua y dos toallas para secarse.
    Dejaron las mochilas en la arena, lo suficientemente alejados del romper de las olas como para no mojar lo que había contenido en ellas. Tendieron las toallas y se quitaron la ropa hasta quedarse con el bañador puesto. Una mirada cómplice les indicó que era el momento de darse un baño. El mar lucía de plata. El firmamento tenebroso. Y ellos chapoteaban juguetones entre las olas que los mecían. Tras un buen rato, salieron del agua cogidos de la mano. Los cuerpos húmedos dejaban atrás una estela de agua salada que inundaba cada una de sus huellas.
    Se sentaron en la arena, sobre las toallas. Tomaron un sándwich vegetal que trían envueltos en papel de aluminio. Bebieron agua y rieron largo rato contando anécdotas de tiempos pasados. Ella miró a los lejos y dejó de reir. Le hizo señas para que observara la persona que de blanco vestida bajaba los últimos escalones y se plantaba en la playa. La brisa del mar hacía oscilar la gasa de sus ropajes. Los ojos poseían una mirada ausente y extraviada. Sus brazos se movían al compás del viento. Caminaba despacio. Como si flotara sin que sus pies tuvieran contacto con la arena. Se aproximó hasta ellos. Se detuvo. Ellos preguntaron quién era y si necesitaba algo. No respondió. Se tomó unos minutos para pronunciar las cuatro palabras más misteriosas y carentes de sentido que habán escuchado jamás.

    “Hola. No soy yo.”

    Con la misma, se dio media vuelta y siguiendo el rastro de sus huellas se marchó tal y como había venido. En silencio y hacia ninguna parte. Con su vaporoso vestido danzando en el aire. No dieron crédito a lo que habían presenciado. La creyeron borracha o bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena. Se contemplaron y cuando dirigieron los ojos a donde debiera estar, ya no estaba. Encendieron la linterna. Iluminaron las escalinatas pero alí no había nadie. Ni parecían haber estado…

    Por el indomable Dani Hunting

  • Ojalá fuera cierto

    Lo prometiste todo. Lo que tenías y lo que no. Lo que estaba a tu alcance y lo que escapaba a tus posibilidades. Lo que se escondía en las profundidades terrenales y lo que se pierde en la inmensidad del universo. Quisiste aparentar ser una especie de mago capaz de realizar cualquier cosa. Mostraste hábiles trucos de magia barata para encandilar y que se rindiera a tus pies. Y lo conseguiste. Prueba de ello es que te creyó y a sabiendas de que solamente se trata de un sueño, confía en que tarde o temprano se haga realidad.
    Aseguraste que guiarías el largo camino que de la costa lleva a las montañas. A lo más alto de la cima iríais a acostaros sobre la esponjosidad tierna de la hierba y una a una contarías las estrellas señalando las diferentes constelaciones que penden de la bóveda del firmamento. Evitarías el frío cediendo cortésmente tu cazadora.
    Ofreciste plena disposición y sobrada paciencia para que aprendiera el complicado arte de la conducción. Tu coche no es gran cosa, apenas un utilitario que cumple su función de llevarte a cualquier lugar, pero sería fantástico carruaje si con ello conseguías su destreza al volante. Explicarías las marchas, los cometidos de cada uno de los pedales, el uso de las diferentes intensidades de luz, el significado de las decenas de señales que en vertical indican peligros y advertencias.
    Juraste encerrarte en la cocina. Elaborar los más sofisticados platos. Poner en práctica tus dotes culinarias no solo para sorprender a su paladar con el contraste de los miles de sabores que definen tus recetas. Sino para que aprendiera lo que tú puedes llevar a cabo entre los fogones de una discreta cocina de gas butano. Tus secretos los desvelarías de la misma manera que los misteriosos trucos a la hora de confeccionar guisos.
    Pusiste sincero empeño en que apriendiera a bailar. Sería sumamente fácil. No hacía falta más que grabar un par de discos compactos de música lenta y que subiera a la altura de tus zapatos. Tú te encargarías de guiar sus pies a través de los diversos compases y ritmos de las melodías que enumeraste y que habías seleccionado para tan magistrales clases de danza. No eras experto bailarín pero los pasos que conocías y dominabas los compartirías con mucho gusto.
    Organizaste improvisadas cenas en los mejores restaurantes de la ciudad. Esos en los que la comida, finamente cocinada y emplatada cual obras de ingeniería, es contemplada sintiendo lástima por estropear el trabajo de artistas de desconocido arte. Y a las tascas y tabernas que a pesar de su austera decoración merecen la pena por disfrutar de comida casera a precios asequibles. Ahí dispondríais de una mayor intimidad para las charlas en las que estabas seguro os enfrascaríais hasta que el dueño os echase por querer cerrar su negocio. En ambos lugares, darías tu brazo para que se sujetase al entrar y retirarías la silla para que tomase asiento frente a ti.
    Planeaste tardes en la que protagonizarías simulados secuestros huyendo a la soledad de la playa en la cual pacientemente adiestrarías en los idiomas que hablas. No es experto el dominio del francés y el italiano pero si sabes lo suficiente como para que se desenvuelva en su uso de cara a posibles viajes más allá de las fronteras del país que se os está quedando pequeño.
    Tanto. Fue tanto lo que imaginaste hacer que llegó a ser demasiado. No cuestiono el por qué lo hiciste. Quiero pensar que todo fue producto de tu buena voluntad y disposición a hacerlo. Sino, no lo hubieses dicho. Ni mentado siquiera. Peor ya conoces cierto refrán, que cuando la limosna es muy grande hasta el santo desconfía. Sí. Desconfianza hay y mucha. Para qué negarlo si es evidente. Sin embargo, te creyó. Y por creerte, ahora que desapareces, sufre en silencio por las ilusiones que tú te has encargado de romper. No le resta más que mantener viva la esperanza de que los inocentes proyectos propuestos puedan verse realizados.

    Por el indomable Dani Hunting

  • Siete cajas de cartón

    La mudanza resultó un poco precipitada. Había sucedido todo tan deprisa que ni tiempo le dio de organizar el traslado de sus pertenencias a su nuevo domicilio. Lo primero que cogió fue parte de su ropa y otros enseres personales como sus discos de música, sus utensilios de aseo y un par de libros para leer y distraerse hasta que se fuera acostumbrando a las nuevas circunstancias. A medida que pasaron los meses, los fines de semana que regresaba a su casa buscaba lo que le iba haciendo falta. Mucho no le quedaba por llevar. Con lo que tenía se las arreglaría para hacer una vida normal.
    Uno de esos fines de semana en los que estaba en la que fue su casa registró las oscuras entrañas del altillo a la caza y captura de una documentación que sabía estaba bien guardada en una de las cajas de cartón que en el centro comercial había adquirido. Las montó él mismo disponiendo de varios archivadores en los que organizar las montañas y montañas de papeles, documentos, fotografías y otras minucias que a lo largo de su vida fue atesorando. Allí las encontró, convenientemente apiladas en lo más alto de un vetusto mueble de roble que crujía con el calor que embotaba el ambiente.
    Tomó una silla que le pareció lo suficientemente robusta como para sostener su peso durante unos minutos. Puso un pie con cuidado y utilizándolo como punto de apoyo ascendió a las alturas. El asiento que servía de escalera no cedía. Le aguantaría sin problemas. Observó que los cajones no estaban numerados. Ni una triste nota a lápiz por fuera indicaba el contenido. Se burló de su propia estupidez al no haberlo hecho en su momento. Le hubiera ahorrado el tener que abrirlas y averiguar a través de sus intestinos de qué se trataba. Las fue bajando una a una. Se secó el sudor incipiente que escurría por su frente y se sentó.
    Abrió la primera caja y un olor a rancio le hizo estornudar. Recuperado de la impresión causada a su sentido del olfato vio que estaba ante los apuntes y trabajos de su etapa de universidad. Reconoció su letra impresa en hojas de cuaderno arrancadas y escrupulosamente ordenadas de acuerdo a la materia que pertenecían y al año académico. En eso sí que había sido inteligente. La segunda parecía tener más apuntes de sus estudios universitarios pero observando la fecha que tenían supo rápidamente que de la universidad no eran sino del instituto, esa época gloriosa en la que siendo todo un adolescente fue aprendiendo a hacer frente a la vida. Tomando enseñanzas de aquí y de allá. Eso le ayudó a ser mejor persona.
    El tercer cajón diponía en su interior de documentación más seria. Una ojeada le permitió ver las primeras nóminas de su primer trabajo dado de alta en la Seguridad Social, los diferentes contratos que fue teniendo por periodos de tres meses, certificados de empresa, finiquitos y demás papeleo que hacían referencia a conceptos laborales que no comprendía. Lo apartó a un lado, en ese estaría lo que quería encontrar. La curiosidad pudo más que él y continuó registrando lo que a sus pies estaba. El cuarto cajón fue el siguiente. Ese si que era un verdadero desastre. Albergaba multiples cosas de diferentes orígenes que imposibles de clasificar fueron puestas en un mismo sitio con la esperanza de poderlas ordenar con paciencia. Ese momento nunca llegó y muestra de ello fue la colección de entradas de cine, otras tantas de representaciones teatrales, panfletos y guías de viaje, mapas de carretera, letras y garabatos en trozos de papel y una vieja agenda de teléfonos mucho de los cuales ni sabía a quien pertenecían.
    Le tocaba el turno al quinto. Que nunca hubo quinto malo. Este no lo sería. Era el cajón que aprisionaba en su espacio los recuerdos de su más tierna infancia. Las cartillas con las que aprendió a leer. Las primeras letras en las láminas de caligrafía. Los dibujos hechos con ceras y creyones de colores justo antes del descubrimiento de la tinta del rotulador. Las tablas de multiplicar copiadas en cuadernos de dos líneas de las que no había que salirse en la escritura. Y los comics que su padre le compraba en el kiosco de la plaza y que de forma ávida leía y leía perdiéndose en las animaciones de dos dimensiones contenidas en las viñetas.
    El sexto le resultó ligero. Y tan ligero. Solamente almacenada fotografías y más fotografías de bordes amarillentos por el paso del tiempo. Qué bien las había guardado que ni se acordaba de ellas. Pudo volver a ver tiempos que como todo pasado siempre fue mejor. Amigos que compartieron momentos y vivencias difíciles de recordar. Ahora algunos ya no estaban al tomar caminos diferentes que los separó. Familiares exentos de arrugas y canas de cuando fue un niño travieso. La noción del tiempo le falló analizando una por una las imágenes que en su mano se deslizaban. Aún le quedaba la última caja. La séptima. La que más polvo tenía sobre su superficile. Juraría que era la de mayor antigüedad o la que menos había sido revisada. Ambas razones iban entrelazadas. Lo supo nada más indagar en los artilugios que fue extrayendo. Fotografías con un mismo denominador común: su presencia. Cartas en la que estaban marcados los trazos de su estilizada escritura. Una vieja camiseta que por milagro de la naturaleza no había sido pasto de las polillas. Discos de música que ignoraba si podrían ser reproducidos. Miles de preguntas a las que no quiso responder. Introdujo las tripas en su cavidad de cartón y la cerró asegurándose de que no sería abierta la cicatriz. Alzó la caja y la dejó en lo alto del mueble. Allí seguiría cogiendo polvo durmiendo el sueño de los justos.

    Por el indomable Dani Hunting

  • En la cuerda floja

    Le ha visto pasar por el rabillo del ojo. No ha querido mirar de forma exagerada. Los demás lo hubieran notado y no era preciso que se tuvieran conocimiento de algo que ni siquiera ellos sabían. O no querían saberlo. Pasó como una exhalación. Le pareció percibir el aire que en dos había dividido al caminar con tanta urgencia. Y tras esa ligera brisa, el inconfundible aroma del perfume varonil que durante la mañana se quedaría alojado en su sentido del olfato. Se fijó discretamente en la ropa que llevaba puesta. Una camiseta marrón con finas líneas horizontales blancas que ayudaban a resaltar la musculatura de su torso trabajado con deporte diario. Unos vaqueros azules desgastados que de la cintura se habían deslizado hasta un poco más abajo mostrando la parte superior de su ropa interior. Gris intuyó que era. No había puesto demasiada atención a ese detalle. Y unas chanclas veraniegas del mismo color que su camiseta. Nunca había visto unos pies dotados de tanta perfección.
    No le volvió a ver. Desapareció de a misma forma que apareció. Saliendo de la nada se introdujo de nuevo en ella. Solamente quedaba flotando en el ambiente los rastros de su aroma embriagadora. Cerró los ojos por un momento aspirando con fuerza los invisibles trazos de su olor. Quiso hacerlos suyos y de nadie mal. Compartirlos con posibles competidoras era excesivo. Se sorprendió a sí misma mostrando un infinito egoísmo dotado de una posesión que jamás supo que tenía. Con él sacaba esa faceta oculta que enclaustrada en la profundidad del alma estaba. Abrió los ojos. Espantó el temor a infundados fantasmas y clavó la vista en un fax que por muy escrito en castellano que estuviese le costaba descifrarlo como si lo hubieran escrito en chino mandarín. Se esforzó a pesar de su denodada lucha por vencer el olor que se hacía más denso.
    Escuchó una respiración a sus espaldas. No se inmutó. Sabía que estaba ahí. Que llevaba rato aguardando. No se dio por aludida y continuó con lo que traía entre manos. Una confiada mano, helada como el granizo se posó sobre su hombro en busca de su cálida piel. Ella sintió que le abrazaba la dermis. Llamaradas de fuego se hundieron en su carne chamuscando los tejidos celulares. La aproximó a su ser sin encontrar resistencia en contra. Situó su cabeza muy cerca de la suya. Notaba la respiración temerosa azotando el cuello. Observó a su alrededor. Comprobó que nadie estuviera mirando. No dijo nada, sonrió cómplice a la espera de escuchar lo que había de decir. El mensaje era conciso. Ese día tendría lugar un importante partido de temporada y entre compañeros estaban organizando una porra con apuestas. Un resultado por un euro. Conociendo su nulo dominio del mundo futbolero, ya había puesto el dinero y aventurado un resultado por ella. Si le parecía bien su forma de obrar, claro está. Esbozó una sonrisa más pícara que la anterior confirmando que de acuerdo estaba. Cuestionar un acto tan nimio no pasó por su mente. Solamente la hizo una advertencia: sería un secreto que únicamente los dos conocerían. No había problema. Así sería.
    Marchó divertido emplazándose para verse a la hora del almuerzo; ese día les tocaba echar horas por la tarde. La mano emprendió el vuelo desde la curvatura de su hombro y a pesar de volar muy lejos seguía notando la gélida frialdad en su piel. Un mareo la sacudió violentamente. El nerviosismo era inevitable por la situación de almibarada presión a la que había sometida. Se vio de repente de pie en el abismo. Caminando sobre un fino hilo de seda que amenazaba con romperse bajo la planta de sus pies. Reconocía que estaba corriendo un gran peligro. Y que hiciera lo que hiciera, la tensa hebra provocaría que se tambalease con el riesgo de precipitarse al vacío.

    Por el indomable Dani Hunting

  • Clavo ardiendo y quemaduras de segundo grado

    Quien nada tiene, nada pierde. Y de perdidos, al río. A las alturas en la que se encuentra su existencia, nada tiene puesto que todo lo ha ido perdiendo por el camino. Ignora las causas de tantas pérdidas algunas de las cuales han resultado dolorosas y desgarradoras. Sin embargo posee una descorazonadora sensación. Esa que le hace verse como el culpable de que le hayan ido abandonando uno tras otro. Tal vez tenga razón y sea responsable de esa soledad permanente en la que se haya sumido y de la que pretende salir sin darse cuenta que en realidad no es eso lo que quiere. Se ha adaptado a ella y con ella está cómodo, seguro y tranquilo.
    Su variopinto y extenso círculo de amistades se fue reduciendo poco a poco. Cuando se quiso dar cuenta estaba más solo que la una. Las cenas, las fiestas, los paseos y las noches sin fin pasaron a la historia de un plumazo. Sus amigos uno a uno fueron desfilando tomando el camino más directo que les conducía lejos de él. No querían permanecer a su lado ni un segundo más. Sus exabruptos les confundían. No eran capaces de saber a qué atenerse. Tan pronto estaba de buenas como estaba de un humor de perros. Perdía el temple con suma facilidad siendo capaz de montar un escándalo delante de quien fuera. Se los consintieron mientras pudieron, ya hartos y exhaustos les enviaron a paseo.
    Todos menos ella. Le apoyó siempre que pudo en la medida de lo posible. Incluso de lo imposible siendo consciente de que su comportamiento empeoraba con cada amanecer. Se tenían cariño, seguramente incipiente amor. Esa fue la explicación por la que permaneció a su lado el tiempo que pudo. Hasta que comenzó a cansarse de verse agredida sin motivo aparente. Su integridad como persona, no la física, se vio amenazada por los insultos y discusiones que no venían a cuento. Tras mucho meditarlo, y con el dolor de su alma, le hizo partícipe de su deseo de romper la relación y emprender caminos separados.
    Completamente solo. Rodeado de soledad y de desolación. Atormentado por los fantasmas de un pasado que no desaparece del todo. Sigue ahí, convertido en halos de una vida que consintió en que se esfumara. No sabe cómo seguir. Ignora si vale la pensa comenzar de nuevo. Quiere recuperar parte de ese pasado. A como dé lugar. Al menos a ella. Vale y mucho. Lo reconoce y se lamenta por lo sucedido. El aniversario del día en el que se conocieron escribe un mensaje de texto que envía con la firme esperanza de recibir respuesta. Esa respuesta no se produce…

    Por el indomable Dani Hunting

  • La señora

    La triste angustia de la muerte les cegó por completo. A ello contribuyó la fría oscuridad de la noche que caía pesada sobre la ciudad. No lo esperaron. Les cogió desprevenidos. Por la tarde la enfermera encargada de verlar por su salud les dio esperanzas ante la repentina mejoría que presentaba el paciente. No duró mucho la mejoría que desde niños había conocido como preludio del final. Una llamada a eso de medianoche les avisó de que lo peor se produciría en cualquier momento. Reunidos todos en la despoblada sala de espera les comunicaron la mala noticia. No pudieron hacer más por su vida.
    Tras los prepatativos y amortajamiento del difunto, se encaminaron a la cripta mortuoria del barrio donde había nacido, crecido y vivido. Era lo menos que podían hacer para rendirle el último homenaje rodeado de familiares y amigos. Al filo del alba, justo en el que visos rosas asomaban tras la azulada montaña, se dieron cuenta que no habían avisado a alguien. Debía estar allí, con ellos, compartiendo el dolor por la pérdida que les unía de la misma manera que compartieron juegos y más de un plato de comida en aquellos tiempos en los que el hambre era una constante. Por fortuna esos tiempos quedaban tan lejos. No tanto como su casa. Era parte de la familia y apremiaba avisarla.
    Uno de los varones de la familia no lo pensó. Salió de la cripta y sorteando los nacientes rayos de luz se plantó delante de una de las ventanas de su casa. Hacía más de dos décadas que no estaba allí. Nada había cambiado. Salvo por la pintura y el remozado de las paredes, la casa donde había jugado seguía igual que siempre. Apartó los recuerdos de la infancia y como si volviera a ser un niño, lanzó diminutas piedrecitas a los cristales antes de pronunciar su nombre con voz entrecortada. Repitió la acción un par de veces más hasta que la ventana se abrió de par en par. Nada más verle supo que alguna tragedia había tenido lugar.

    - Verte aquí es más que suficiente. Dime, ¿qué ha pasado?

    - Vente, te estamos esperando.

    Una corta conversación en la que se dijeron todo lo que había que decir. Se comprendieron a la perfección. Un gesto suyo con la cabeza en señal de asentimiento le indicó que en unos minutos estaría preparada. Buscó en el armario un traje oscuro y discreto. La ocasión así lo requería. Peinó las pocas canas que teñían de gris su cabello, un poco de perfume y carente de maquillaje salió a la puerta. Allí la estaba esperando. La ofreció su brazo. Ella lo tomó gustosa. Les habían dado muy buena educación.
    Aproximándose al cuarto mortuorio, viendo que estaba la familia casi al completo, se sintió algo nerviosa. Presumía de tener una familia numerosa, lo propio de aquellos años en los que según ella no había televisor ni transistor de radio. No veía a muchos desde hacía mucho. El cómputo de años se le había olvidado. Respiró profundamente haciendo acopio del aire limpio de la mañana que pudo. Levantó la cabeza, se pellizcó las mejillas en un acto de coquetería juvenil y con paso firme, aún prendida del brazo, entró en la estancia. Los presentes guardaron más silencio del que ya guardaban. Giraron las caras y la contemplaron. Sonrieron al verla. No cambiaba ni apostando. Seguía teniendo la planta y la elegancia de su juventud. Ahora, en edad madura, le conferían ese tierno toque de respetuosa distinción por el que era conocida. Dulce y cariñosa se fue acercando uno a uno, saludándolo como se merecía y dedicando las palabras más tiernas que encontró en esos minutos tan difíciles.

    Por el indomable Dani Hunting

  • La loca de la casa

    Calificada por algunos como una auténtica cabra. A Maribel lo único que le faltaba era lanzar balidos por la oficina, triscar los papeles que sobraban de la impresora y subirse sobre las mesas como si estas fueran escarpados peñascos de alta montaña. Desde que la conocieron supieron que en sus cabales no podía estar una persona que en pocos segundos pasaba de un estado de eufórica alegría a otro de profunda depresión siendo buena prueba las lágrimas que escurrían por su rostro. Creyeron que con el tiempo el carácter le iría cambiado. Tal vez era sólo una cuestión circunstancial. Algo pasajero atribuido al estrés del cambio de una ciudad a otra y de lo diferente que le resultaba el puesto que ocupaba en su destino definitivo. Habría que esperar a que se adaptase a las nuevas condiciones y asunto arreglado. Por supuesto, ella tendría que poner algo de su parte. En lo que respeta a ellos, sus compañeros y amigos, procurarían que se sintiera tranquila y segura. Poco hubo que hacer. Se negó a la ayuda que recibía manifestando muy malos modales. No se relacionaba con ellos. Los consideraba un grupo de conspiradores que solamente buscaban su mal. Desde bien temprano, mientras se tomaba esos enormes vasos de tubo de café negro y bien cargado, los observaba escondida tras los armarios o las estanterías. Era como una sombra que se proyectaba por los rincones con los oídos bien desplagados para captar las conversaciones que entre compañeros se podían dar. Sabía que atentaban contra ella como el día en que la señora de la limpieza movió su mesa para limpiar mejor y acusó a los demás de tratar de apartarla a un lado. Era acoso vil y descarado que sufría un día sí y al otro también. Ya no digamos de la orden de sus superiores de buscar un mejor acomodo para una mejor atención al público. Puso el grito en el cielo. Todos la escucharon hasta el bar de enfrente supieron que era otra de las arrancadas de Maribel. Cansados de no comprender su actitud agresiva optaron por tomárselo con filosofía. No la faltaron el respeto en ningún momento. De eso no eran capaces. Lo que sí hicieron fue en la hoja interior de una de las puertas de los armarios de material, con cinta adhesiva, pegaron un papel en el que a modo de encabezado escribieron E. D. M. Las embestidas de Maribel que se contaban por varias durante la misma jornada. Allí fueron anotando con una simple equis las que se producían se siguen produciendo después de dos décadas. Por el indomable Dani Hunting
  • Una silenciosa pasion de cercanias

    Llevaban buenos meses trabajando juntos. Codo con codo. Formando un equipo que funcionaba a las mil maravillas. Cada cual cumplía con su cometido y en esos momentos en los que había que actuar de manera conjunta demostraban que podían hacerlo. Los objetivos marcados se conseguían cómo era menester. A base de esfuerzo y constancia. Ni contar tiene el respeto hacia el otro y la predisposición a colaborar. Sin embargo, algo existía entre ellos que les impedía dirigirse más de dos palabras seguidas. Que articularan una frase sólida con significado consistente era pedirles demasiado aunque se dio algún que otro caso ante los que los demás quedaron pasmados. Ignoraban qué causa o motivo pudo haber surgido para sumirse en ese silencio a través del cual se comunicaban sin problemas.
    Las miradas que intercambiaban estaban dotadas de infinita ternura. De sincero cariño y admiración. Amor tal vez sea una palabra bastante grande para calificar una sensación que ni ellos mismos entienden. Estar cerca les sometía a un ridículo estado de tensión del que gozaban dulcemente. Ansiaban la posibilidad de encontrarse en el pasillo, de tropezar en la puerta que lleva al achivo, de coincidir en las escaleras que comunican con el segundo piso. Pero cuando el deseo se hacía realidad, incapaces eran de decirse nada. Mirarse era lo único a lo que estaban dispuestos hasta el momento a pesar de anhelar ir más allá. La vergüenza y el temor ante la reacción del otro les obligó a replegarse a un discreto segundo plano hasta nueva orden
    Esa mañana de la que no se especifica fecha tuvieron la oportunidad de sus vidas. Lanzarse al vacío, ahora o nunca. La inconscienca valiéndose de la poderosa arma que constituye el instinto les empujó a cruzar la invisible línea que ellos mismos en el suelo habían trazado. La oportunidad la proporcionó uno de los casos más complicados y enrevesados que ella jamás había visto. Si solamente fuera por la documentación presentada que no tenía ni pies ni cabeza, se las ingeniaría y le daría solución. Pero la actitud poco colaboradora de una de las partes interesadas que en su mesa sentada estaban la obligó a recurrir a él. Ambos uniendo sus conocimientos y sus fuerzas doblegarían la testarudez de los que mil vueltas le daban a la perdiz.
    Se dirigió a su mesa, la que ocupaba a escasos metros de la suya. Haciendo un parco resumen de la situación le pidió que si la ayudaba a resolverla. Respondió con una sonrisa. Abandonó a su suerte la tarea que llevaba a cabo en esos momentos. Los informes quedaron dispersos sobre su mesa. Lo único que cogió fue un mordisqueado lápiz con el que jugar para matar su estado de nerviosismo. Raudo se aproximó a su mesa situándose muy cerca. Su brazo izquierdo descansó en el respaldo de la silla. Su espalda se inclinó ligeramente permitiéndole disponer de una mejor perspectiva del caso que trataba de resolver. Mostró absoluta serenidad frente al estado de inquietud que provocó el estar tan cerca. Ella ladeó la cabeza unos centímetros. Quizás milímetros. Quiso mantener la compostura hasta el final ocultando los sentimientos que bullían por sus venas. Sus ojos se clavaron en su rostro y se dio cuenta de lo bien que le sentaba la camiseta negra que esa mañana llevaba puesta. Resaltaba el color castaño de sus ojos, brillantes y cargados de la ingenuidad de un niño que por fuerza se ha hecho hombre. El aspecto descuidado de la barba de tres días le confería una despreocupación elegante a la vez que informal.
    Permaneció en silencio. No dijo ni una palabra. Contempló el recorte de su perfilado mentón. Sus facciones eran perfectas y armoniosas. Tácitamente le cedió la palabra que utilizó magistralmente explicando a los allí sentados los pormenores de su situación administrativa. Su voz sonaba segura y masculina confundiéndose en los visos del aroma a café que exhalaba la calidez de su aliento. La fragancia de su perfume varonil invadió su sentido del olfato transportándola a un estado de extasis terrenal. No podía rendirse al semejante placer de tenerle a unos milímetros de distancia. Debía ser fuerte y controlar el impulso natural de dos personas que se atraen. La razón continuó predicando en el mar Muerto. Prefirió fijarse en sus brazos bronceados y recubiertos de un fino y rubio vello que se encrespaba de forma instintiva.
    Deseó perder la escasa consciencia que comenzaba a agotarse. Un súbito desmayo hubiera sido el motivo adecuado para dejarse caer sobre sus brazos que evitarían que su cuerpo tembloroso rozase el suelo. Ganas no la faltaban. El brazo que en el respaldo estaba percibió como el calor femenino se acercaba. La inocencia de su dedo índice le hizo dar un audaz salto hasta la suavidad de sus cabellos entre los cuales busco la tersa piel que bajo ellos se ocultaba. Una vez localizada, acampó allí a sus anchas. No pudo evitarlo. El contacto fortutito de sus dos cuerpos se había producido. Sus labios dibujaron una sinuosa grieta que amenazó con dejar escapar la profundidad de un suspiro.
    Nadie notó nada. No percibieron el acercamiento que había protagonizado. Ante los ojos de los demás eran dos profesionales que daban solución a uno de los casos más complejos de esa mañana. Ignoraban que era algo más que compañerismo lo que entre ellos existía. Un vínculo invisible que pasaba inadvertido. Tan solo ellos conocían la naturaleza del mismo y quisieron por todos los medios que invisible fuera siendo. Mientras, se conformarían con acercarse disimuladamente el uno al otro.

    Por el indomable Dani Hunting

  • Cada cerdo tiene su San Martin

    Sus antecedentes penales fueran puestos en fila india serían mucho más largos que mi brazo izquierdo. Si los dispusiéramos en línea recta salvarían la distancia que hay entre Roma y Cuba cruzando la mitad del planeta. Sus delitos –a las cosas hay que llamarlas por su nombre– no han conocido piedad alguna. Escrúpulos es una de las muchas palabras que no se encuentran en su escaso vocabulario. Da igual que la víctima de sus farsas de delincuente callejero sea hombre o mujer, joven o viejo. Para él el resto del género humano no presenta diferencias en su seno. Tan solo constituyen la idónea cantera de la que extraer a cuantos se pueda y exprimirlos hasta no dejarles ni gota. En su caso, sin un duro.
    A sus treinta años recién cumplidos lleva una carrera semi profesional que ni la de los más famosos chorizos y ladrones que en ocasiones vemos en las noticias de las tres. Su actividad comenzó desde muy pequeño, protagonizando discretos hurtos en la tienda de ultramarinos de su pueblo, birlando al distraido y algo ciego del tendero las golosinas y chocolates que podían caber en sus bolsillos. Jamás le pillaron. Los adultos nunca lo supieron pero sí sus amigos, si es que así se les podía considerar, delante de los cuales se jactaba relatando como su vil y pérfida mano se introducía en los bajos del mostrador hasta alcanzar la ansiada mercancía. Estúpidos e ignorantes que embaucados le escuchaban y le tomaron por una especie de dios analfabeto que no sabe hacer la o con un canuto pero si perpetrar los más inteligentes robos.
    Allá por 1998 le nombraron presidente de la comisión de festejos de su pueblo. Sería el encargado de coordinar a un séquito de personas bien intencionadas para celebrar las fiestas del patrón de la localidad. Dio órdenes a diestro y siniestro, peleó con proveedores y autoridades, metió en cintura a los que tanto criticaban sin mover ni una paja del suelo. Quien iba a sospechar que justo en el momento de hacer uno de los pagos a los de suministros comprobaron que faltaba la cantidad de trescientas mil pesetas. Las sospechas recayeron sobre su persona pero hábil como una liebre desvió la atención hacia la tesorera que jamás había tocado una peseta de la caja. Y mientras descansaba ese verano en las playas mediterráneas, las acusaciones sobre una señora de más de sesenta años adquierieron solidez.
    En el 2001 volvió a hacer de las suyas. Y es que el que hace las cosas una vez, puede seguir haciéndolas siempre. Por arte de birlibirloque fue nombrado cabeza visible de la asociación de vecinos, cargo que le venía demasiado grande. Se confiaba en que fuera otorgado a una persona mucho más humilde que un cantamañanas con delirios de grandeza y con las manos algo largas. La votación fue evidente. El puesto era suyo gracias a papeletas amañanas cuyo origen se perderá en la noche de los justos. El discurso de su toma de posesión fue elocuente, digno de Cicerón o de César pero tan vacío de contenido como la carta de ajuste. Prometió el oro y el moro para conferir a la asociación un nombre que se encuadraría en los libros de historia. Y en alguno sí que aparece como la asociación que de la noche a la mañana se quedó sin fondos junto a la evaporación de las subvenciones locales y estatales que sirvieron para darle una veintena de días de vacaciones a su presidente junto a señoritas (algunos piensan que no eran precisamente señoritas) de reputación dudosa en el malecón de La Habana.
    El otoño del 2003 fue un otoño memorable. Uno de sus supuestos mejores amigos, imbécil donde los haya por no darse cuenta de a quien estaba recurriendo, le encargó encarecidamente que le organizara su despedida de soltero. A finales de noviembre contraería nupcias y como toda boda que se precie, el novio ha de tener la última oportunidad de sentirse soltero junto a sus amigos y colegas. Por supuesto que lo haría. La mejor despedida jamás conocida. Invitó a los asistentes comunicándoles que por una generosa aportación de cinco euros tendrían la mejor noche que recordasen en una sala de fiestas que había reservado para tal evento. Por descontado de la barra libre y la chica que saldría de una tarta de pega algo ligerita de ropa. Se les hizo la boca agua. La noche de viernes que había indicado no llegaron tarde a la cita en el lugar acordado. Sin embargo no tuvieron ni barra libre ni chica de streaptease, solamente una espontánea erección y la noticia de que con el dinero estaba disfrutando de unos días en Alicante.
    2006 fue un año relativamente flojo para la puesta en práctica de sus ambiciones monetarias. Hubo de conformarse con un sencillo club de atletismo de un colegio. Con el objetivo de recaudar fondos preparó una cena benéfica cobrando las entradas a diez euros. Reunió a un centenar de asistentes que si se descuidan tienen que cenar pan con aceite y una taza de achicoria como en los tiempos del hambre. El dinero destinado a financiar la cena había sido empleado en un viaje a tierras mexicanas del que sacó buen provecho.
    Tras varios hurtos menores pero perfectamente ejecutados le llegó el turno al certamen de un concurso de modelos en el presente año. No supo decir que no al tiempo que en sus ojos se dibujaba el símbolo del dólar. El golpe era ideal, perfecto para su persona y su inteligencia. Contrató iluminación y sonido, los vigilantes, el recinto, los trajes. No le faltó detalle alguno. Estaba previsto que saliera a las mil maravillas. Lástima que no estuviera para verlo. Un avión con destino a ninguna parte despegó del aeropuerto. Las denuncias en la policía se amontonan hasta formar una montaña, le debe dinero hasta al apuntador. Tan solo falta que el cuerpo de seguridad dé con su paradero y le den lo que se merece.

    Por el indomable Dani Hunting

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