Búsqueda blog.com.es

El pisito

por danielalcazar @ Viernes, 05. Sep, 2008 - 08:45:52 pm

El primer día que acudes a tu recién estrenado trabajo te das cuenta de lo difícil que sería llegar al lugar donde se enclava la oficina en la capital de la provincia. Y no por la distancia que la separan de tu casa, que cuarenta kilómetros mal contados no son nada en comparación con los que han de cruzar media provincia para ganarse el pan con el sudor de su frente. Más bien la preocupación está en el trasiego que mañana tras mañana debes protagonizar para poder estar a las ocho en punto en tu puesto de trabajo. La responsabilidad siempre te ha perdido y más cuando no está en tu mano llegar a tiempo. Eso te puede y más analizando el trayecto que has de hacer.
Los tres primeros días fueron cortados por el mismo patrón en relación al sufrimiento, si es que se le puede denominar así, que padeces desde que sales de tu casa a las seis y media de la mañana. Si, parece demasiado temprano pero es real como la vida misma. El despertador suena a las seis en punto y saltas de la cama para pasar por el baño, tratar de desayunar algo y vestirte para salir corriendo y dirigirte a la estación de autobuses. Estación que no está cerca que digamos, a dos kilómetros que piensas recorrer en autobús pero te das cuenta que el primero que cubre ese trayecto no pasa hasta pasadas las siete de la mañana. Así que optas por hacer esos dos kilómetros caminando, la mejor manera para ahuyentar el sueño que aún padece tu cuerpo y tu mente. Llegas a la estación faltando cinco minutos para las siete, el tiempo perfecto para subir en el autobús que te llevará directo a la capital en unos treinta y cinco minutos. Pones los pies en la gran ciudad y bajas las escaleras mecánicas todo lo rápido que puedes para coger el primer tranvía que del intercambiador salga con dirección a tu oficina. La suerte es que te deja en la misma puerta y que sale con una frecuencia de cada siete minutos. Subes y a escasos minutos de las ocho de la mañana estás atravesando la puerta de la oficina deseando los buenos días a los compañeros.
A simple vista no parece tan grave hasta que al tercer día te das cuenta de que el sueño es el sueño y cuando éste se ve alterado tu rendimiento disminuye sin que puedas evitarlo. Y estar en un trabajo vegetando no se ha hecho para ti. No has sido programado para ello. Es en ese momento cuando reflexionas y piensas en posibles alternativas. La de venir con algún compañero de trabajo estaría bien, se llegaría a un acuerdo económico sobre el combustible y santas pascuas. Pero por desgracia los compañeros son del núcleo urbano capitalino y alrededores. La residencia más alejada es la tuya. Pasas al plan B. Localizar a alguien de oficinas de tu zona que le convenga hacer una permuta. De buena tinta tienes conocimiento de cuatro casos a los que les pudiera interesar el cambio. Hallas sus números de teléfono, se lo comentas pero no parecen ser entusiastas de esa permuta que se queda en agua de borrajas.
Todas las opciones se convierten en punto muerto. En callejones sin salida. Hasta que tomas la solución más radical de todas. Un piso. Sí, alquilar un piso en la capital que te permita levantarte algo más tarde, trabajar sin estar bajo los efectos de esos madrugones aparte de sopesar el gasto económico que estás haciendo en bono buses y tickects de tranvía. Haces un cálculo y no te parece una idea tan descabellada como algunos creen. Solamente queda pasar a la acción y localizar un piso amueblado, cerca de tu zona de trabajo y a buen precio. Entras en Internet, ese mundo virtual que todo lo tiene, y te pones a buscar como un poseso. Hallas alguna que otra posibilidad que no te desagradan, harían falta vez las condiciones que imponen las inmobiliarias, esas que tienen la sartén por el mango. Consigues comunicarte con ellas pero no te terminan de convencer. Te sientes como un diminuto pez en la inmensidad de la marea del mundo de negociantes sin escrupulos.
Cuando casi has desistido y te resignas a un periodo de autobuses y tranvías con cara de trasnochado, una idea viene a tu mente. Ojalá la hubieras tenido antes. Recuerdas en el piso que tenía de alquiler cuando os conocisteis. Ese que estaba a unos minutos caminando de la oficina. No habías reparado en ello. Hace más de un año que ha dejado ese piso, justamente cuando volvió a casa de sus padres. Y no estaba mal. Medianamente amueblado, a muy buen precio, casi céntrico, bien comunicado con el resto de la ciudad. Y por si fuera poco, estabas medianamente acostumbrado a él. A su cocina con su solana, a su salón comedor donde tantas películas visteis adormilados al calor del sofá, a sus tres habitaciones con armarios empotrados. Sería la solución perfecta. Pero no tienes el número de teléfono de la propietaria. Ni sabes si lo tendrá disponible como mínimo para los seis próximos meses.
Habrás de esperar a que regrese de sus vacaciones. El número seguramente esté anotado en su agenda. Te lo dará sin problemas. No te puede negar nada que pidas. Y la misma noche que está de vuelta se lo comentas y accede de muy buena gana poniendo una condición que no estás en situación de negar. Se irá contigo…
Después de sobreponerte y asimilar la idea de vivir juntos, viejo sueño que podría convertirse en realidad, viene el estrés de la mudanza. Coger tus cosas. Sus cosas. La ropa, discos, objetos de higiene personal, papeles, algunos libros. En fin, una interminable lista que se agrupa en las cajas que subes a ese segundo piso capitalino. Y eso que poco a poco vais reuniendo el menaje que os hará falta para iniciar esta nueva fase de la vida que poco a poco se hace camino. Camino iniciado esa noche en la que dormís en la misma cama, haciéndote a la idea de que estará ahí cuando el sol vuelva a salir por el horizonte.

Por el indomable Dani Hunting


 
 

Camino a la interinidad

por danielalcazar @ Martes, 02. Sep, 2008 - 07:33:54 pm

Van y te llaman a comienzo de julio. Estás disfrutando de las vacaciones que te han dado con el fin de contrato. Tuyas son y a disfrutarlas se ha dicho. La llamada telefónica te sorprende. Se identifica como Manuel Salmerón, responsable del departamento de personal de una administración pública. La conoces. No es la primera vez que trabajas para ella pero hubieras jurado que la resposable era Mariana Caballero. Mucho tiempo no te dan para cuestionarte quién dirige el departamento. Están tratando de cubrir seis plazas de técnico de gestión en diferentes oficinas de la provincia y como estás en uno de los primeros puestos de la lista, han de contar con tu permiso. Lo tienen desde el primer momento, ni falta hace que lo pienses. Es un trabajo que te gusta y deseándolo has estado desde el momento de tu anterior cese. Año y medio ya. Quien lo diría.
Te pide que, dado que has comunicado que estás disponible para tu incorporación, que te presentes al día siguiente con tu titulación más alta y tu documento de identidad. Eso será más que suficiente. Para ti demasiado es. Remover todos los cajones y armarios buscando el título de la licenciatura. Ese que siempre te piden en todos lados y que siempre pierdes. Hasta que aparece en el rincón más insospechado como queriendo burlarse de tu mala memoria. Con él bajo el brazo, acudes a la cita que tienes pendiente con Manuel Salmerón. Es un chico joven que te atiende diligentemente, fotocopia lo que te ha solicitado y te explica por donde van los tiros. Existen seis destinos posibles, los seis para un técnico de gestión del antiguo grupo B que ahora pasa a ser A2 que desespeñará sus funciones como funcionario interino. Los has de ordenar de acuerdo a tus preferencias. El que más desees irá el primero. Los ordenas como buenamente puedes y le preguntas para cuando se prevé la incorporación. No se hará esperar mucho. Sobre el quince de ese mismo mes.
Esperando y desesperando julio termina sin que el responsable de personal dé señal de vida alguna. Lo más lógico hubiera sido haberle llamado y averiguar si se produciría la incorporación o era una broma de mal gusto. Pero las desgraciadas circunstancias que sacuden a tu familia este verano te llevan a dejar el asunto en segundo plano. Ni te acuerdas de Salmerón ni de personal ni de nada que se le parezca. Hasta que a mediados de agosto vuelve a llamar y te comunica que sí, que la incorporación va a ser ya, en pocos días. Te da una fecha y una hora. Allí deberás estar.
Y estás. Bien temprano. A primera hora de la mañana. No sabes muy bien qué es lo que va a suceder. Supones que mero trámite y supones bien. Los seis que ocupareis el puesto de técnico de gestión estais allí. Esperando porque Manuel Salmerón haga acto de presencia, se apiade de vosotros y corte de raíz los nervios que os consumen en silencio. Acude a vosotros con formularios en sus manos. Teneis que rellenarlos, entre ellos el modelo 145 de comunicación de datos fiscales a la Agencia Tributaria. Para el final ha dejado el que por tus propios ojos identificas con la toma de posesión. Lo examinas atentamente antes de firmar una de las firmas más importantes de tu vida. Estarás cubriendo la baja de una funcionaria que probablemente, como te enterarás luego, tardará mucho en volver.
Mientras el director provincial os hace pasar al salón de juntas para explicaros las funciones que vais a tener cada uno en vuestro destino, piensas en la oportunidad que te han dado terminando agosto. No reparas en la retribución que vas a recibir mes tras mes, ni en la oficina que tan alejada de tu casa te corresponde. Solamente en la oportunidad que se presenta ante ti y que deseas que dure.

Por el indomable Dani Hunting

Conspiración judeo - masónica

por danielalcazar @ Domingo, 31. Ago, 2008 - 08:02:39 pm

Llevan varios días así. Calculo que va un total de diez días con esta situación. Conspirando. Hablando a escondidas. Miradas ávidas a través de las cuales se dicen demasiadas cosas a las que yo no tengo acceso. Montando planes a mis espaldas. Y no es que me dé por aludido y crea que me ocultan algo. Simplemente lo hacen y no se ocultan.
Comencé notándoselo. Su cara para mí es el espejo de su alma. En ella puedo verme reflejado así como aprecio sus estados de ánimos, esos que trata de hacer pasar desapercibidos por todos los medios de los que puede dotarse. Pero que no lo consigue. Año y medio a su lado me han permitido adentrarme en su alma y saber sin miedo a equivocarme lo que está sintiendo en ese instante. Como sucede en este final del mes de agosto. Algo me oculta. Y sé que no es nada malo. Es incapaz de hacer algo así, las almas cándidas estan exentas de maldad y más con la persona a la que quieren. No me lo explica, está callando más de la cuenta. Se limita a dedicarme una de esas sonrisas rebosante de picardía que me encantan pero que al mismo tiempo provoca que mi innata curiosidad se desarrolle. No puedo evitarlo. Soy curioso. Defecto de fábrica. Aún así, se lo perdono.
Ya luego mi hermano ha tomado la misma actitud. La de no decirme nada salvo lo de mandarme a coger fresco. Es su forma de insinuarme que trama algo. Siempre lo ha hecho desde que éramos pequeños. No ha cambiado en eso. Y por lo visto no va a soltar prenda a pesar de mis insistentes preguntas. Creí que eran dos hechos aislados pero analizando lo bien que se llevan, intuyo que todo guarda relación. Están llevando la confabulación bastante bien porque no tengo ni idea de lo que puede ser.
Para rematar, si con ellos dos no fuera bastante, se suman mis amigos. Que en estos últimos días del agonizante agosto han modificado su comportamiento. Si, me hablan como siempre, gastamos bromas y estamos de vacile. Pero miden sus palabras conmigo. Al principio reconozco que me preocupó y me llevó a pensar en qué les habría hecho. Pero conociéndoles y conociéndome sé que nada malo pasa. Solamente ese oscuro plan que se traen entre manos y del que nada me quieren contar.
Me huelo algo, esa es la verdad. Sé que todo este silencio que se disuelve por los rincones tiene que ver con mi cumpleaños, que está demasiado próximo. Un par de semanas y tendré un añito más. Y pienso que eso que traman vinculado está con la celebración de mi cumpleaños. Les he avisado que este año querría que fuese como el año pasado, todo un fin de semana en una casa rural y la idea les ha gustado. Pero anoche, en una cena que orquestaron sin saber yo de qué podría tratar me dejaron las cosas bien claras. Pasmado me quedé y más intrigado de lo que ya estaba. Yo no debo hacer nada, ellos se encargarán de todo lo relacionado con el cumpleaños. Mi único cometido será el de darles libertad de acción que les he concedido. Prometen que será una celebración que no olvidaré nunca.
Más curiosidad me han dado. No he podido evitarlo. Es mi esencia. Pero aguantaré como un jabato. Lo que prometen parece valer la pena. Y más cuando se aproximó a mí cuando tuvo ocasión de hacerlo y me susurró al oído:

“Nano, estate tranquilo que todo saldrá bien. ¿Confías en mí?”

Por supuesto que sí. Confianza es lo más que le tengo en este mundo…

Por el indomable Dani Hunting

El hombre y la tierra

por danielalcazar @ Domingo, 24. Ago, 2008 - 07:30:08 pm

Desde bien temprano, ya con la fresca, salió de casa azada en mano. Se había desayunado como lo hacía desde que tiene uso de razón. Un enorme tazón de leche recién ordeñada en la que ha mojado trozos de la hogaza de pan que ha sobrado del día anterior. Eso le aportará los nutrientes que su organismo requiere para enfrentarse al duro día de trabajo que le espera. Y eso que las pinceladas que anuncian la pronta llegada del nuevo día comienzan a pintar de cálidos colores el horizonte. El pan que ha sobrado del desayuno lo ha puesto a buen recaudo en el zurrón que lleva a cuestas. Eso y el trozo de longaniza que ha tomado de la despensa le servirán de almuerzo cuando el cuerpo lo solicite. Colgando del hombro lleva la bota de vino tinto que le saciará la sed bajo la bendita sombra de la higuera de cuyos frutos obtendrá el postre perfecto.
Deja atrás la vereda y se adentra en el sembrado, un puñado de tierra que ha pertenecido siempre a su familia y pasando de unas manos a otras es ahora suyo. En él se lamenta de haber desperdiciado media vida por no decir que la vida entera. Pero no es del todo consciente de su reproche a la vida que le ha tocado vivir. O tal vez no quiere darse cuenta de que efectivamente así haya sido pasando su existencia a no tener sentido. Sus pies van pasando por las tiernas lechugas y el verdor de las esbeltas acelgas. Por los rizados repollos que en unos días habrá que recoger y llevar al mercado. Su sombra se proyecta con el sol que asciende por el horizonte confundiéndose con la de los olorosos naranjos y austeros membrillos. Su vista, como buen ojo del amo que engorda el caballo, se pierde entre la variedad de frutas y verduras que ha conseguido hacer crecer en un par de hectáreas de tierra alejadas de la humedad del río. Con ellas y gracias a los cuatro duros que obtiene al venderlas, ha podido mantener con grandes esfuerzos a la familia. Mujer y seis hijos con los que, orgulloso, perpetuará el humilde apellido que figura en su documento de identidad.
Se detiene en la porción de tierra más situada al sur. El trigo duerme en gavillas después de la reciente siega. Ha de hacer los surcos y oxigenar la tierra de cara a la nueva simiente que en breve piensa esparcir. La tierra suspira. Se inclina levemente sobre la azada. Pone las palmas de su mano mirando al cielo y escupe sobre ellas. Toma con firmeza el mango de la azada y la levanta en el aire hasta formar una perfecta línea recta junto a su cuerpo. Las gotas de sudor recorren las arrugas de su rostro. El calor amenaza con apretar como nunca. El sol de justicia sentencia a quien labrando la tierra ha de ganar su sustento con el sudor de su frente. Araña el sembrado una y otra vez describiendo los surcos que pronto va describiendo. Mientras, silba una melodía de la que ignora a la obra a la cual pertenece. Solamente sabe unas palabras que ha escuchado, cree, en el viejo transistor:

“… qué trabajo nos manda el Señor
levantarse y volverse a agachar
todo el día a los aires y al sol…”

Por el indomable Dani Hunting

Mamelucos, tartufos y otras clases de fantoches

por danielalcazar @ Miércoles, 20. Ago, 2008 - 08:13:18 pm

Un desfile interminable de personas que durante tres larguísimos días, más bien por desgracia que por otra cosa. Un continuo ir y venir de hombres y mujeres de todas las edades que no cesaba. Lo había experimentado no hacía mucho, unos cuatro años bien largos, pero para esta ocasión no estaba preparado. Todo ocurrió tan repentino y de una forma tan dramática que terminaría por afectar hasta al más sensato. Alguien en su sano juicio no estaría preparado como para resistir la multitud de rostros y nombres que te dicen y no asocias completamente. Una ráfaga de sonoros besos que te hacen casi perder el sentido de la audición y un infinito número de apretones de manos que terminarán por gastarte las huellas dactilares que dios te ha dado.
Ojalá hubiera podido escapar del insorpotable gentío que fue arremolinándose en un reducido espacio. Consumieron el poco oxígeno que allí podía haber. La sudoración, el calor corporal y las estúpidas conversaciones que algunos osaron mantener entrada la madrugada lo convirtieron en un auténtico horno. Ni la ausencia de luz solar mermó unas temperaturas que se comenzaban a sentir ya no solo en el cuerpo sino también en la mente.
Los primeros en llegar, cómo es lógico, fueron los familiares venidos de todos los rincones de la geografía de este amplio país. Ya lo dicen en mi pueblo, ancha es Castilla. Anchísima después de comprobar las ciudades y pueblos de donde vinieron tíos, primos y demás familia que en la vida pensé que fuera tan extensa. Más que árbol genealógico, yo hablaría de jungla selvática.
Los siguientes fueron los amigos y allegados. Aquellos quienes por una u otra razón estaban muy vinculados a la familia y quisieron están con ellos en ese duro momento que irremediablemente ha de llegar. Los saludos se sucedieron. Hacía mucho tiempo que no se veían. Ni siquiera se reconocían. Resultó increíble como se fundían en cálidos abrazos de reencuentro sometiéndose a un buen interrogatorio acerca de sus vidas, obras y milagros. Las preguntas en silencio, matendiendo la discreción que la tragedia requería.
Hasta que llegó el turno de los curiosos y fisgones que presentan sus condolencias acompañandolas de ardientes cuestiones que les tienen en vilo desde que han conocido la noticia. Se les podría aceptar que preguntaran y que se les respondiera escuetamente, eso si. Los asuntos de familia, de familia son como para lavar los penosos trapos sucios el público. Ese instante te das cuenta que más que un velatorio es un plató de televisión, uno de esos programas de la crónica rosa donde del árbol caído sujetos despiadados carentes de toda sensiblidad hacen leña. Triste pero real como la luz que ilumina cada día. Las preguntas dejan de tener sentido y rayan el surrealismo. Eres consciente de que digas lo que digas, toda palabra que salga de tu boca será tergiversada. Mañana, como muy tarde, el apellido familiar, seguido de nombres, fechas y hechos, estarán de boca en boca y constituirán el caldo perfecto para el patio de vecinas y la portería de algún edificio.
Parece que la situación no puede ir a peor. Pues si, puede ir a peor y por momentos. Los que se quedan de ese nutrido grupo de hocicones y entremetidos se relajan y se comportan como si estuvieran sentados en el banco de cualquier plaza. Charlando animadamente de sus cosas. Solamente les falta el café y tabaco para que todo sea perfecto. Sin quererlo arrimas la oreja y escuchas las sandeces que algunos son capaces de decir en público y quedarse tan anchos. Que si la niña es muy lista y estudiará en una universidad privada una carrera que no existe ni en su imaginación. Que si en la zona rocosa de la playa una ola de más de dos metros la zarandeó en el agua y no llegó a despiérnala. Que si su coche nuevo alcanza una velocidad de vértigo gracis a un nuevo combustible que le envían expresamente de un país que adivina en qué continente queda.
Decides no seguir escuchando. Es de la segunda noche que pasas así y aún queda el tercer día. Respiras profundamente, con el poco fuelle que tienen tus pulmones. Te levantas y sales fuera. A las entrañas de la noche. Huyendo de esos personajes que a punto están de hacerte perder la cordura.

Por el indomable Dani Hunting

Más allá del jardín

por danielalcazar @ Sábado, 16. Ago, 2008 - 10:32:23 pm

“Ven conmigo. Agáchete un poco, nadie ha de saber que estamos aquí.”

Un ágil salto por la desnudez de la tapia.

“Anda, pon el pie ahí, en la verja. Sujétate a mi mano y toma algo de impulso. ¿Ves? Ha sido fácil. Saltemos el muro antes que se percaten de que somos intrusos.”

Las malas hierbas nos llegaban hasta las rodillas. Lo que parecía haber sido un frondoso y enorme jardín no era más que una espesa jungla de hierbajos secos que arañaban nuestras piernas haciendo leves cosquillas. Levanté la mirada haciendo caso a un gesto de su mano. Ante nosotros se alzaba majestuosa la edificación más hermosa que hasta el momento habíamos visto. Su fachada de dos pisos era esbelta, de un claro estilo inglés, la única casa de estilo victoriano que aún estaba en pie en la zona. El tejado de cuatro aguas había cedido en parte permitiendo el paso a las ruidosas palomas que se aduñearon de su interior. Las chimeneas seguían erguidas apuntando a un indeterminado lugar del cielo. No pudimos dar un paso. Nos quedamos allí de pie observando cada detalle de la casona cuyo nombre no nos importó.

“Alejémonos del jardín.”

Dimos unos pasos entre la marchita espesura, hacia la entrada principal. La parte baja tenía un formidable porche de madera sostenido sobre arcos rebajados cobijando del sol y la lluvia los ventanales de las habitaciones que daban al frente de la casa. Estos estaban cubiertos con persianas de madera que parecían resistir el paso del tiempo. Empujamos la puerta que pensamos estaba cerrada. Pero no, abierta estaba a pesar del chirrido de sus bisagras oxidadas. El olor a moho nos aturdió un momento. El aire enrarecido silvó al mezclarse con la bocanada de aire fresco que entró con nosotros.
Estábamos en un gran recibidor sumido en en el eco de la penumbra. No había nada, solamente una mesa circular justo en medio de la estancia. Con algo de temor recorrimos las habitaciones de esa parte de la casa comenzando por la de la derecha que descubrimos, gracias a las polvorientas estanterías, era una antigua biblioteca dotada de una chimenea de marmol como las que iríamos hallando en todas las habitaciones. Nos adentramos en la oscuridad de las demás habitaciones encontrando un extenso comedor salpicado por la luz que se colaba por las persianas y un salón de baile con los restos de lo que en su tiempo debió ser un brillante piano de cola.
Volvimos al punto de partida. Había una gran puerta de cristal que lucía una gran grieta. La empujamos y accedimos a la zona de la servidumbre. Tomados de la mano nos dirigimos hasta la cocina, de principios de siglo, con una cocina de hierro colado en la que a base de leña se tuvieron que preparar las viandas para suntuosos festines. La ventana que estaba cerca del fregadero ofrecía vistas a lo que supusimos fueron gallineros y caballerizas. dejamos la cocina a nuestras espaldas y antes de regresar al recibidor de la casa, apreciamos dos tramos de escalera de mampostería. El que ascendía era el utilizado por las personas de servicio para subir a las habitaciones del piso superior. El que descendía llevaba a un oscuro sótano utilizado como almacén pero que nos dio tanto miedo como para desistir en nuestra investigación bajo tierra.
Desde el recibidor, subimos por las escaleras principales hacia el segundo piso. Teníamos que ver las habitaciones, la curiosidad estaba pudiendo con nosotros. Pasamos delante del gran ventanal cuyos cristales yacían en el suelo víctima de las furiosas pedradas de los críos del lugar. El viento que, por los huecos entraba, ululaba al ritmo de dos palomas que emprendieron el vuelo sobre nuestras cabezas desapareciendo a través de una abertura producida por la lluvia en el techo de yeso. Estábamos arriba del todo, en una sala en la que solamente estábamos nosotros. En torno a ella vimos las puertas que conducían a las diferentes habitaciones. Entramos en una de ellas al azar. La luz invadía la amplitud de la estancia a través de una persiana descuartizada. Asomé la cabeza y vi la mustia vegetación cubriendo la superficie de los jardines que se perdían en el dorado atardecer. Recorrimos otras dos habitaciones contiguas, mucho más oscuras, cada una con su chimenea, intactas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellas. Dejando sus enegrecidas fauces pasar una fina brisa de aire que lo llenaba todo. Una pequeña puerta, más estrecha que las demás, nos introdujo en el baño de azulejos blancos y negros. Un peculiar juego de ajedrez cuya única pieza era una bañera de grandes dimensiones asentada sobre sus fieras garras de león, muy cerca de la ventana, como queriendo escapar y perderse en la espesura.
Solamente restaba entrar en la última habitación. Era inmensa. Contuvimos la respiración. Era como si aspiráramos a hallar un fabuloso tesoro entre semejantes ruinas victorianas. Caminamos con sigilo. Sin poder mediar palabra. Nuestros ojos se cruzaron en la difusa luz que se apuraba en iluminar la estancia. La chimenera era diferente a las que habíamos visto hasta el momento. Estaba labrada hasta el más mínimo detalle de las columnas en alto relieve. El mármol era de notoria calidad. Un gran trabajo y muy caro, deducimos. El suelo de madera lucía limpio y reluciente. Nadie diría que hacía más de quince años que esas paredes de color salmón estuvieran deshabitadas. La tarde se rendía al oscuro poder la noche. Pronto no veríamos nada. Reparamos en un pequeño cilindro cerca de la chimenea. Una vela gastada. Ella nos daría la luz que en minutos íbamos a necesitar. En el hogar la situamos, en posición vertical, ofreciéndonos su oscilante llama. Y allí, frente a ella, extendiendo la cazadora en el suelo de una habitación que creímos alcoba de duques o marqueses, nos entregamos al aún tibio fuego de nuestro incipiente amor. Aún no había cumplido yo los veinte años…
El pasado viernes ocho de agosto la casa fue pasto de las llamas. Una alta columna de humo dividió el horizonte esa mañana. Las investigaciones han llevado a pensar que con toda probabilidad el fuego se inició en el sótano. Y a todas luces, fue un fuego provocado en el que ardió la escalera y su balaustrada, los suelos de madera, las puertas y ventanas. Las llamas oscurecieron las paredes y se colaron por los huecos de las chimeneas y hogares. Los estucos adquirieron el color de la noche eterna. Los cimientos temblaron con las altas temperaturas. Ardió la casa entera y con ella, parte de mis recuerdos.

Por el indomable Dani Hunting

Cortejo fúnebre

por danielalcazar @ Jueves, 14. Ago, 2008 - 10:17:32 pm

Desde primera hora de la mañana los doloridos, que eran muchos, mostraban un triste semblante. El cansancio estaba pudiendo con ellos. Les iba a dejar secuelas físicas los días siguientes como ese inexplicable frío que sentían a ratos a pesar de estar en el mes de agosto. Y más con ese dolor por la pérdida que comenzaban a apreciar muy hondo, pegado a lo más profundo de sus almas.
El responso fue muy temprano, cuando despuntaba el sol por el horizonte. Un familiar allegado que ejerce de sacerdote desde hace mucho fue el encargado de pronunciar unas palabras y salpicar con agua bendita el féretro confiando que la misma agua del bautismo le permitiera gozar de la gloria eterna. Los allí presentes en voz alta y al unísono entonaron un sonoro amén esperando que así fuera.
La mañana transcurrió larga y agónica. El ruido de los que acudieron el día anterior a presentar las condolencias se convirtió en un espeso silencio que solamente se vio roto a mediodía, cuando los mozos de la funeraria llegaron al tanatorio. Debían prepararlo todo, la hora del entierro había llegado. Los muchos familiares y pocos amigos que estaban, salieron fuera a la espera de que dieran la orden. Quince minutos más tarde la tuvieron. Cuatro hombres de notoria fortaleza tomaron, con el féretro a hombros, la dirección de la iglesia que con sus campanas tocando a duelo, comunicaban el comienzo del entierro.
Las pesadas puertas de la iglesia se abrieron de par en par. Los restos mortales de la finada entraron por la nave central seguida de los familiares y amigos que quisieron acompañarla en su último viaje. El sacerdote esperaba en el altar. La misa dio comienzo con un sincero agradecimiento a quienes estaban allí acompañando a los doloridos los cuales dejaron ver las amargas lágrimas que brotaban de sus ojos desde hacía rato. Algunos fueron vencidos por el dolor y el cansancio dejando que sus cuerpos cayeran desvanecidos sobre los bancos del templo de dios. La ayuda de los abanicos fue inestimable para aliviar la pena, si es que se podía, del aire que proporcionaron hasta el término de los oficios del sepelio.
Poco a poco fueron llegando a las puertas del cementerio. El color negro fue el predominante sin reparar en los calores de agosto. Eso daba igual. Era la última cosa en la que iban a pensar. No tardó en aparecer el coche fúnebre doblando la esquina con su macabro olor a los crisantemos que en los laterales colgaban. Los familiares no pudieron resistir más la pesadumbre de sus almas. Las mentes estaban agotadas. Los cuerpos exhaustos. No ocultaron lo que sentían bajo los álamos y jacarandas que cubrían el paseo central del cementerio.
Y ahí me vi yo. Ojeroso y sin color de gente. De pie sin saber cómo podía hacerlo después de dos largas noches de insomnio provocado. Vestido de negro y olvidado de mí mismo. Alguien me necesitaba y eso era prioritario. Ya habría tiempo para mí. Levanté la cabeza y mis enrojecidos ojos miraron a los que delante de nosotros iban. Mis tías llevaban el pelo oculto bajo el bordado de negras mantillas que brillaban con el sol de agosto. De repente, cogido de su brazo, volví a un tiempo pasado, más atrás de cuando era yo muy niño. Quizás un tiempo en el que ni siquiera yo fuera nacido. Pocas cosas podían cambiar. Regresé al presente. En otro momento me recrearía en el pasado. Debía estar ahí, de pie, caminando, fuertemente cogido de su brazo. Del suyo. Del de mi padre.

Por el indomable Dani Hunting.

Días de duelo

por danielalcazar @ Domingo, 10. Ago, 2008 - 11:02:17 pm

Los médicos se habían reunido esa mañana con la familia. La salud de la enferma era cada día más precaria. La enfermedad había avanzado más rápido de lo esperado. El carcinoma se había extendido por el cuerpo y había conseguido afectar a órganos de vital importancia. Poca cosa podían hacer que administrar morfina y sumirla en un estado de coma inducido para que no se sintiera morir. El cuerpo se había resentido pero no así su mente que después de años de padecimiento seguía lúcida. Un gesto de humanidad digno de agradecer. El resto estaba en manos del altísimo. Esperar. Solamente restaba esperar.
El cuerpo de enfermeras de la planta de oncología recomendó casi a medianoche del primer viernes de agosto que marcharan a casa. Allí no podían hacer mucho. Además, la enferma estaba manifestando una cierta estabilidad. Preveían que pasaría una buena noche. La tranquilidad infundada les llevó a marchar a casa a descansar. Hacía días que no lo hacían. Por la mañana vendrían bien temprano y estarían junto a su cama hasta que les fuera permitido.
Así lo hicieron, a mediamañana estaban ya subiendo las escaleras que les conduciría un día más a oncología. El ejercicio diario les venía bien pero ese sábado no lo completarían. Una enfermera las detuvo en su propósito al preguntarles que qué era lo que hacían allí. Se dieron cuenta al instante. Algo había ocurrido durante la noche y se estaban enterando de la peor manera. Les habían recomendado dejar la clínica para encontrarse con esta sorpresa. Les confirmó la suposición, estaban en lo cierto. Alrededor de la una de la madrugada había entrado en taquicardia ventricular y no lo había superado. El fallecimiento fue inminente. Lo extraño, según la enfermera, es que no hubieran sido informados del suceso. Las normas de la clínica en ese sentido obligaban a una rápida comunicación a la familia. En este caso, y no sabía por qué, no se había producido esa llamada.
Prometió ayudarles en el amargo tránsito de ese sábado. En lo que los familiares llamaban a pompas fúnebres, ella prepararía los formularios para este tipo de casos. El encargado de la funeraria no tardó más de cuarenta minutos en presentarse en la clínica. Revisó la documentación, puso los datos personales de la difunta y junto a su compañero bajaron al depósito a amortajarla e introducirla en el ataúd. Ni una cosa ni la otra. Comprobaron todo el depósito, de arriba abajo sin resultado alguno. La difunta no estaba allí y era imposible. A ningún sitio se la podían haber llevado. Era necesario un consentimiento expreso de los familiares y de las autoridades clínicas.
La familia no se lo podía creer. Estaban viviendo un episodio de surrealismo o se encontraban en una película macabra. Debía tratarse de una broma. Sí, eso, una broma y de muy mal gusto. Cómo iban a haber perdido a la finada si se suponía que de su lecho de muerte directamente iba al depósito. Exigieron una explicación. Que acudieran las autoridades de dirección de la clínica. Necesitaban saber cuál era el error que habían cometido como para extraviar a la difunta. Un muerto no se pierde así como así. No supiero qué responder. Reconocían que era incompresible pero la difunta no estaba. La razón pobablemente, intuyeron, era el médico que había certificado la defunción. Él sabría lo que había pasado. Llamaron a su móvil, a su busca y nada. No daba señales de vida. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
Si las cosas se podían complicar aún más, lo estaban haciendo por momentos. La película macabra pasó a ser de terror. Al disgusto de los familiares afincados en la clínica desde la mañana, se suma la angustia y la desesperación de los que en la casa familiar esperan ansiosos alguna información acerca de lo que está sucediendo a tantos kilómetros de distancia. Las tazas de tila pueblan las mesas de la casa. Los ceniceros revosan colillas de humeantes cigarrillos. Nadie dice nada. Son incapaces de hacerlo. El telefóno suena. Son ellos. Alguna nueva.
Si, noticia es lo que tienen que comunicar. Pero la más grata de todas. La difunta ha aparecido. Eso es cierto. Pero en un funeral que no es el suyo. En la clínica se han presentado dos señores de avanzada edad y con un visible enojo portando una denuncia que han puesto en el juzgado de guardia contra los responsables de la clínica. Y todo por comunicarles que su tía había fallecido de madrugada cuando en realidad ni es su tía ni ha muerto. Es alguna señora que han identificado como hermana de su madre por error. Gracias al cielo que se han dado cuenta antes de incinerar sus restos pero el gasto que han hecho para el sepelio y la cremación quién se los va a a pagar. Parece que todo se ha solucionado. Los de la funeraria esperan para trasladar el féretro al velatorio que le corresponde pero cuentan con el mismo problema que al principio. Dónde está la difunta. Los familiares viendo que no era de su sangre, la dejaron abandonada en el tanatorio capitalino desentiendiéndose del asunto. Ahora sí que tendrían complicaciones puesto que habrían de llevar juez y forense para una variante de levantamiento del cadáver además del médico que certificó la muerte para poder darle a la fallecida su verdadera identidad y certificar su defunción. Casi veinticuatro horas desde el momento de su muerte y oficialmente estaba viva. Rizando el rizo, ese sábado no podrían hacer mucho más. Sin el médico desaparecido todo estaba estancado. Lo único que pudieron hacer es introducir el ataúd en la cámara frigorífica hasta que se resolviera un asunto que en un periódico local ocuparía un espacio en su interior.
Mientras, en la casa familiar, todos desesperaban. Poco a poco se fueron dando cita los familiares que en la isla viven. Diferentes llamadas telefónicas a diversos puntos del mapa nacional avisaron a los familiares que faltaban. Estaban haciendo todo lo posible para conseguir vuelo y reunirse todos juntos en este trance. Fueron llegando a cuentagotas. La casa se llenó. Hacía tiempo que no estaba así. Esa noche nadie durmió. La angustiosa espera fue más fuerte que el sueño y el cansancio.
Amaneció el domingo gris y triste a pesar de ser un radiante mes de agosto. Las lánguidas caras de los que se sentaron a la mesa del desayuno reflejaban el pálido color del cielo. No decían nada. No porque no les apeteciera, simplemente es que no podía. La familia estaba sumida en la que consideraron la mayor de las desgracias y por si fuera poco con pocas esperanzas de que se solventara. Asumieron que estaban de duelo desde el día anterior. Un duelo peculiar puesto que no tenían a quien velar sino su memoria. Por el momento eso les bastaba.
Localizado el médico en un centro médico perdido de la mano de dios, solucionaron el papeleo que les impedía tener el sepelio que la tradición mandaba tener. A las cinco de esa tarde de domingo la capilla ardiente quedó oficialmente abierta al público.

Por el indomable Dani Hunting

La nota que cambiaría dos vidas

por danielalcazar @ Jueves, 07. Ago, 2008 - 09:39:15 pm

Dio un mordisco desganado al sándwich que se había traído de casa. Sándwich de pollo frío con unas pequeñas gotas de mostaza dulce. Era su favorito, el que más le gustaba. Su paladar se esforzó en saborear lo que con tanto esmero había preparado bien temprano. Quiso hacerlo de la misma manera que se los hacía cuando compartieron la vida. Pero ya nada desde entonces volvió a ser igual. Eran los mismos productos pero no las manos que lo habían preparado. Y sin saber por qué, sentado en las grises escalinatas de piedra del edificio, su mente cruzó la calle, bajó la ciudad siguiendo el curso del río que la dividía en dos con su turbia corriente para zambullirse en el mar y buscar a quien perdió una vez.
Devoró lo que le quedaba del tentempié. Respiró hondo llenando sus pulmones del aire enrarecido de la ciudad cuya eternidad conseguía agobiarle por momentos. Una eternidad que duraba más tiempo del que podía imaginar. Arrugó la servilleta de cocina en la que lo había traído envuelto y emulando a un hábil jugador de baloncesto, observó la papelera cercana, calculó la fuerza de su lanzamiento antes de arrojar la deforme bola de papel que cayó dentro de la cesta sin tocar los bordes. Mentalmente se anotó el primer tanto de la mañana sonriendo como la malicia de un niño de corta edad. Limpió sus manos en los vaqueros. Vieja costumbre que no pensaba erradicar por más que se lo propusiera. Tampoco pensaba hacerlo. Cada vez que la llevaba a cabo, volvía a su recuerdo y eso sí que no lo podía erradicarlo jamás. Esa parte de su vida estaría ahí para siempre.
Apuró lo poco que quedaba en el fondo de una lata de refresco de cola. Ignoraba la causa pero esa mañana había sustituido la cafeina diaria de un café expreso por la de un burbujeante refresco con el que nunca simpatizó. Se incorporó de un salto dejando abandonada la inerte lata en la papelera. Ya había sido más que suficiente la demostración de sus escasas dotes deportivas. Alzó la mirada y se detuvo a contemplar la fachada del edificio. Nunca hasta ahora había reparado en ella. En los arcos de medio punto de sus puertas y ventanas. En las sobresalientes cornisas que asentadas sobre columnas adosadas de estilo corintio separaban las diferentes plantas. En las grotescas gárgolas que en cada esquina del tejado abrían desmesuradamente la boca esperando las gotas de lluvia. Demasiada belleza arquitectónica como para encerrar en su interior la obra de un novato. Advenedizo para algunos. Aficionado para otros. Encontradas opiniones que desde hacía dos semanas había tenido que escuchar a los miles de visitantes que habían acudido a visualizarla. La exposición podría encumbrarle y le permitiría hacerse un nombre en el saturado mundo artístico. Así lo deseaba y según sus patrocinadores el sueño se estaba haciendo realidad. Su nombre estaba recorriendo la ciudad en silencio. Su obra estaba provocando diversas reacciones. Lo había logrado.
Dio los pasos necesarios hacia la entrada principal del edificio. Ojalá hubiera estado aquí para verlo. Echaba de menos tener a ese alguien con quien poder compartir sus fracasos y sus triunfos. Este triunfo debía ser compartido pero por circunstancias ajenas a su voluntad, no lo estaba siendo. Era un triunfo agridulce, algo egoísta. Empujó la puerta de cristal al tiempo que trataba de localizar un chicle que creía estaba en alguno de sus bolsillos y se resistía a ser encontrado. El vigilante de la puerta le llamó dos veces con la intención de ser oído. Después de dos semanas era más que sabida la ausencia en la que vivía. Esta vez la segunda llamada sobró. La primera vez que pronunció su nombre le había escuchado antes de que la que ronca voz del vigilante resonara en la amplia estancia. Un mozo que se identificó como repartidor de una empresa de mensajería había dejado un paquete a su nombre. Lo sacó de uno de los cajones de su mesa y se lo entregó recibiendo el más sincero agradecimiento.
Era un paquete de reducidas dimensiones. Leyó su nombre y su apellido por fuera. Justo debajo estaban las señas del lugar donde estaba siendo expuesta su obra. Quiso reconocer la letra pero no daba crédito a lo que sus cansados ojos miraban. Le dio la vuelta. No había remitente ni dirección de origen. Cuanto misterio para algo que seguro era una estupidez. Retirado de todo y de todos, en la habitación que le habían asignado para tener sus cosas a buen recaudo, se dejó caer sobre un vetusto sillón que parecía explotar de vejez con sus crujidos. Rasgó el grueso papel que envolvía el paquete que venía a su nombre. Dos objetos cayeron en su regazo. Un disco compacto que al darle la vuelta adivinó grabado y un sobre que algo contenía en sus entrañas. Se levantó y en un radio cassette que por allí estaba puso el disco. Los compases de una vieja canción le devolvieron al pasado al igual que las que fueron sonando una tras otra. Una sonrisa se dibujó en su mirada.
Sus manos temblaron al sostener la carta. Quería abrirla y poder leer lo que en ella venía escrito. Desconociendo el mensaje que habría de leer. Una llamada desesperada de alguien que le necesitaba más que nunca. Alguien que había olvidado el pasado y reclamaba su vuelta como jamás pensó necesitar a quien había sido el eje de su vida. Continuaba siéndolo. Ignorando el propósito de quien plasmó sus sentimientos en papel, rompió el sobre y extrajo el folio que dentro descansaba. Reconoció los rasgos de su hermosa grafía y leyó la primera línea de la misiva.

“Ven. Vuelve conmigo, por favor…”

No fue capaz de seguir leyendo. Sus ojos se empañaron impidiéndoselo. No hacía falta seguir con la lectura. Después de todo, le necesitaba…

Por el indomable Dani Hunting

La gran fiesta

por danielalcazar @ Martes, 29. Jul, 2008 - 09:48:20 pm

Suena el despertador no muy temprano que es sábado y se agradece un par de horas más de sueño. Pero no demasiado tarde que sino el tiempo se echa encima. Lo primero de todo es preparar las tortillas y los alimentos que se van a llevar. Sartén al fuego. Las patatas dentro. Cada cosa en su correspondiente tupper de plástico. Vasos y platos de plástico. Los cubiertos no han de faltar. Servilletas y mantel. Faltan otros elementos imprescindibles. Las tijeras y pinchos de la carne para el fogón. Hablando de fogón, las cerillas y el mechero a la mochila. Dar la vuelta a las tortillas. La ropa esperando por la plancha. Suena el teléfono. Ya están esperando que pasen por ella a recogerla. Se llama a la pastelería. La tarta se recogerá a media tarde. Y Carlos que no llama desde su trabajo. La cámara de fotos. No aparece desde la última vez. En el cajón del escritorio. Pilas de respuesto.
Todo está listo. El coche fuera del garaje y en la puerta. En el maletero se introducen todo lo que ha sido preparado. La comida en primer lugar. Las botellas de refresco. La carne en adobo. Un sinfín de bolsas de supermercado que se asemenjan más a la compra del mes que a los preparativos de un cumpleaños. Una llamada perdida a Carlos para que llame desde que la vea. Y por fin salimos a mediodía, con algo de retraso pero no es mucho.
Llegamos al lugar acodado. Un merendero a las afueras acondicionado para chuletadas y toda clase de eventos al aire libre. Aparcamiento hasta la bandera. Un sitio libre. El único. Hay que buscar mesa, bien situada y cerca de un fogón. Difícil tarea para finales de julio. En otoño todo el espacio que se quiera pero en verano, ya se sabe. Allí, uno. Menos mal. Tomamos posesión de la mesa y del fogón. Marcamos el territorio extendiendo el mantel. En el fogón, la carne y los utensilios. Los invitados van llegando. Sonia y Marta ya están aquí. ¿Alguien sabe algo de Carlos? El siguiente en aparecer es Pedro junto con Marieta. Traen hambre y con razón. Nos adentramos en la tarde y sin comer. La carne al fuego. La ensalada preparada. Las tortillas ya cortadas en platos. El refresco bien frío. Dos botellas de vino para los más valientes. El sacacorchos. Esta vez no le hemos olvidado. Las risas comienzan seguidas de anécdotas que hacen un almuerzo agradable a la sombra de los pinos.
Estamos todos. Menos Carlos que no llega ni apostando. Se echan las primeras fotos que inmortalizan una celebración que se prevé grande y única. Alguien comienza a recoger la basura que amenaza con acumularse. Queda comida que no ha sido tocada por nadie. Mejor taparla para evitar la glotonería de los insectos. Suena un teléfono. ¡Carlos! No encuentra el sitio. Tremenda novedad en él. Pero consigue llegar gracias a las indicaciones que se le facilitan. Trae la tarta y los regalos. Es el momento cumbre de la fiesta. Se pone un interrogante que en realidad es una vela sobre la tarta y un rápido mechero da fuego. Se pide el deseo y se sopla. Los flashes de las cámaras iluminan el atardecer. Los regalos son abiertos y una amplia sonrisa demuestra su agrado.
La noche cae. Se trae un equipo de música. Los discos están preparados para hacer bailar hasta al más patoso. Algunos juegos preparados divertirán a todos los allí reunidos. Se saca el ron para preparar algún que otro cubata. Se empieza a escenificar vídeos musicales en base a la canción que es reproducida. Las risas están aseguradas con las parodias que se hacen de los citados vídeos. Una cámara de vídeo se dispone a rodar a las diferentes parejas que se forman para la competición. Ya se harán copias de la grabación. Recuperando fuerzas se enfrascan en un juego de preguntas y respuestas que apenas consiguen adivinar y cuando lo hacen las carcajadas resuenan sobre sus cabezas. Llega el momento del juego final. La escenificación de diferentes musicales. Se valorará la imaginación y la creatividad junto a la gracia que se le eche. Las parejas serán las ya formadas que no ahorran desparpajo en los musicales asignados.
Cuando quieren darse cuenta, pasan las tres de la mañana. El tiempo en buena compañía se pasa tan rápido…

Por el indomable Dani Hunting


 
 
:: Pagina siguiente >>

Pie de página

El contenido de esta web pertenece a una persona privada, blog.com.es no es responsable del contenido de esta web.